No es Netflix

Por el periodista Antonio Ladra. 

No es Netflix
La imagen de Yamandú Orsi sobre la cubierta del USS Nimitz no es neutra. En Uruguay, nunca lo es. Toca una fibra vieja, que ¡ojo!, no es patrimonio exclusivo de la izquierda es la incomodidad de ver a un presidente mezclado con la escenografía de guerra de una potencia que violó el derecho internacional en Irak y que, como otras, invoca la ONU cuando le sirve y la esquiva cuando estorba.
El movimiento llega en un momento delicado. No tanto por la visita en sí, sino por cómo se encadena. Hace apenas semanas, el presidente había apostado fuerte a China, con delegación amplia, asociación estratégica y señales claras de apertura comercial. Ahora acepta una invitación del Comando Sur de Estados Unidos y se muestra cercano a Washington arriba de un portaaviones nuclear, en pleno despliegue “Southern Seas 2026”. No es zigzag: es una búsqueda de equilibrio. El problema es que ese equilibrio se construye sobre símbolos que no pesan igual para todos.
Uruguay, se dirá, no tiene mucho margen para otra cosa. Esa es la lógica que parece ordenar la decisión. La realpolitik sin épica, la diplomacia del país chico que administra su dependencia entre potencias que compiten. Orsi intenta transmitir previsibilidad a dos interlocutores que lo miran con lupa: no habrá ruptura con China, pero tampoco habrá portazo a Estados Unidos. La foto con el embajador Lou Rinaldi funciona como garantía, como un “no hay giro brusco” dirigido a inversores, mercados y cancillerías.
El problema aparece cuando pasamos del tablero geopolítico al registro ético y político interno. Porque el Nimitz no es un salón de conferencias ni una oficina de la OMC, es el corazón visible de una maquinaria bélica que proyecta fuerza en medio planeta. Desde ahí despegan aviones que, en otros contextos, bombardearon territorios en guerras que buena parte del mundo considera ilegales o, como mínimo, profundamente cuestionables. 
Subirse a ese escenario tiene un costo para cualquier proyecto que diga tomarse en serio el derecho internacional y el multilateralismo, sea crítico de Washington, de Moscú o de cualquier otro.
La reacción de Marcelo Abdala o Juan Castillo no sorprende. Es el reflejo de una identidad formada en décadas de oposición a EEUU, desde la guerra fria. 
Hay otra sensibilidad, menos orgánica, que también se siente interpelada. Gente que no milita en ningún comité, que mira con la misma desconfianza el relato de la guerra cuando viene envuelto en bandera estadounidense o en bandera rusa, y que recuerda que Uruguay, al menos en los papeles, se define como país comprometido con la Carta de la ONU y con una región declarada “zona de paz y libre de armas nucleares”. Para ese segmento, que puede incluir votantes frenteamplistas, blancos, colorados o desencantados de todo, la imagen de un presidente recorriendo un portaaviones nuclear no encaja fácil con la idea de un Uruguay distante de las aventuras militares ajenas.
Porque ha habido un abuso de la fuerza por parte de Estados Unidos, lo sabemos, en varias partes del mundo y en muchas ocasiones, pero tambien Ucrania expuso el mismo desprecio por la Carta de la ONU desde el lado ruso. Desde esa posición ética, que rechaza la guerra como método venga de donde venga, la coherencia es dificil, es cierto. No se trata de repartir absoluciones: ni Washington ni Moscú ni hoy Tel Aviv pasan el examen de respeto al derecho internacional cuando deciden avanzar a fuerza de misiles y drones sobre territorios ajenos y poblaciones enteras.
Lo que está en juego no es solo la conveniencia táctica de la visita, sino el sentido de los gestos que un país chico está dispuesto a hacer. 
El Frente Amplio se ve forzado a explicar por qué su presidente aparece en la postal de una maquinaria bélica que encarna buena parte de lo que, durante años, cuestionó porque sienten que el país se mete en una gramática que no le corresponde.
¿Hasta dónde estamos dispuestos a tensar los símbolos en nombre del pragmatismo? ¿Cuánto de la imagen de Uruguay como país de paz, respetuoso del derecho internacional, se puede hipotecar a cambio de enviar señales de “confiabilidad” a una potencia específica? Esa pregunta no es solo al Frente Amplio. Acá se discute la decisión de un presidente de colocarse, voluntariamente, en la escenografía de la guerra de una potencia que ha violado las reglas que Uruguay dice defender, en un mundo donde otras potencias violan otras reglas con la misma soltura. Para quienes cuestionan todas esas lógicas de guerra, sin banderas selectivas, el gesto no es neutro ni inevitable. Y el costo no se mide solo en votos; se mide en la erosión de una cierta autoridad moral que un país pequeño no debería regalar con tanta facilidad.

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