El Mundial: el gran negocio de la pasión ajena. Por Marcelo Rubéns Balboa

Mientras muchos gritan gol,miles gritan de dolor. 
Marcelo Rubéns Balboa

La verdadera victoria comienza cuando la pasión no sustituye a la conciencia.]
Cada cuatro años,el planeta parece detenerse. 
Las banderas cubren balcones y ventanas,los rostros se pintan con colores patrios y millones de trabajadores depositan sus esperanzas,sus alegrías y sus frustraciones en noventa minutos de fútbol. 
El Mundial se presenta como la gran fiesta de la humanidad. 
Pero detrás de la euforia colectiva existe una realidad mucho menos romántica: la industria multimillonaria que convierte la pasión popular en una fuente inagotable de ganancias para una minoría privilegiada.
El proletariado consciente pierde la consciencia durante un mes. Se entrega a un ritual cuidadosamente construido para anestesiar,aunque sea temporalmente,el peso de su propia realidad. 
Durante ese tiempo,las preocupaciones cotidianas parecen postergarse: los salarios insuficientes,la precarización laboral,las injusticias sociales,las guerras que destruyen pueblos enteros y las desigualdades que el propio sistema produce y necesita para sostenerse.
Sin embargo,cuando el último silbato anuncia el final del torneo,el trabajador regresa a la misma existencia que había dejado en pausa. 
Los verdaderos vencedores nunca estuvieron dentro del campo de juego. 
Son aquellos que se enriquecen administrando la pasión de millones,quienes transformaron al deporte más popular del planeta en un negocio tan lucrativo como políticamente funcional.
La FIFA no es simplemente una organización deportiva. 
Es una estructura de poder global capaz de influir en gobiernos,movilizar enormes recursos económicos y proyectar una imagen de neutralidad que rara vez resiste un análisis profundo. 
Mientras predica valores universales de unidad y respeto,se sienta a negociar con Estados cuestionados por violaciones a los derechos humanos,corporaciones con intereses geopolíticos definidos y figuras cuya impunidad parece estar garantizada por el dinero y la influencia.
La hipocresía también tiene un sillón reservado en la mesa de la máxima competencia futbolística.
El campeón levantará la copa entre lágrimas y celebraciones. Millones brindarán por la gloria deportiva. 
Pero quizás ese brindis también sea por la poca salud que aún conserva el llamado "rey de los deportes",cada vez más subordinado a intereses económicos,políticos y comerciales que poco tienen que ver con el juego mismo.
Y aun así,permanece una silla vacía. 
Rusia fue excluida de la competencia por decisión de las autoridades que administran el fútbol mundial. Más allá de las razones esgrimidas y de los debates geopolíticos que ello implica,surge una pregunta incómoda: ¿puede hablarse de un campeón absoluto cuando las decisiones políticas intervienen directamente en quién puede o no competir? ¿Dónde comienza la ética y dónde termina la conveniencia política?
El fútbol ha dejado de ser únicamente un deporte. 
Se ha convertido en un gigantesco escenario donde convergen intereses económicos,disputas de poder 
y operaciones simbólicas destinadas a moldear la percepción colectiva. 
Funciona como espectáculo,
como negocio y,muchas veces,como distracción masiva frente a conflictos mucho más profundos que atraviesan a nuestras sociedades.
Mientras muchos gritan gol,miles gritan de dolor.
Mientras las cámaras enfocan estadios repletos y ceremonias espectaculares,continúan las guerras,la explotación y las injusticias que rara vez ocupan el centro de la escena mediática. 
El balón sigue rodando mientras,lejos de las tribunas,otros pagan con sufrimiento las consecuencias de un mundo organizado en función de intereses que exceden largamente al deporte.
No se trata de condenar al fútbol ni de negar la genuina emoción que despierta. 
El problema no es la pasión popular; es la utilización de esa pasión como mercancía y como herramienta de distracción. 
El problema aparece cuando el espectáculo logra eclipsar la 
capacidad crítica de quienes,terminada la fiesta,
deben volver a enfrentar las mismas condiciones de desigualdad que existían antes del primer partido.
Quizás el verdadero desafío no sea dejar de amar el fútbol,sino impedir que el fútbol nos haga olvidar todo lo demás.
Porque la pelota puede detenerse. El Mundial puede terminar. Los campeones pueden cambiar.
Pero la realidad de millones continúa jugando un partido mucho más difícil,uno donde todavía queda pendiente conquistar algo más importante que una copa: la dignidad,la justicia y la conciencia colectiva.

Marcelo Rubéns Balboa 

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