Pase Libre Nacional y la eugenesia como política inconfesable del Estado Uruguayo. Por Prof. Andrés Freire


¿Por qué es tan difícil que una ley profundamente humanista y avanzada como la Ley 18.651 se cumpla?
¿Por qué se niegan pensiones por discapacidad todos los días?
¿Por qué esas pensiones son las más bajas de todas y se les niega incluso el aumento extraordinario adicional?
¿Por qué, siendo beneficiarios de la Seguridad Social, muchas personas no tienen acceso real a planes de vivienda ni existen suficientes alternativas de vivienda asistida?
¿Por qué no se cumplen los cupos para discapacidad en el Estado y no se hace cumplir la legislación vigente a los empleadores privados?
¿Por qué todo descansa sobre las familias y estas siguen sin apoyos reales, sostenidos y significativos?
Tantos porqués parecen conducir a una respuesta que nadie quiere decir en voz alta: porque, en los hechos, demasiadas veces se actúa como si hubiera vidas que importaran menos.
Como no podemos excluir directamente a seres humanos —porque sería inaceptable— los condenamos al aislamiento, a quedar encerrados en sus casas, privados de oportunidades, siempre últimos en la fila. Como si algunas vidas fueran consideradas una carga y no una parte plena de nuestra comunidad.
Y entonces, frente al sufrimiento que trae una condición determinada, en lugar de aliviarlo, muchas veces el sistema lo profundiza: con burocracia, abandono, indiferencia y falta de apoyos.

La creación es perfecta.

¿Hay vidas que valen más que otras?
Tomemos el ejemplo de una persona que nació con síndrome de Down. ¿Su vida tiene menos valor?
Una madre que decide abortar merece todo nuestro respeto. Pero si otra madre decide continuar un embarazo sabiendo que su hijo tendrá una discapacidad, ¿no merece también respeto absoluto y todo el apoyo posible?
Esta pregunta atraviesa nuestros valores más profundos.
Hay quienes, aunque no lo digan, parecen creer que existen vidas de primera y vidas de segunda.
Otros creemos que no. Creemos que toda vida tiene dignidad y valor. Que nadie sobra. Que todos estamos llamados a aportar algo al mundo y a recibir algo de él.
¿Dónde está ese respeto cuando una persona con síndrome de Down debe demostrar cada cierto tiempo ante el Estado que sigue teniendo una condición permanente? Señores: su condición no va a desaparecer. Lo que sí puede cambiar es la calidad de vida que nosotros decidamos ofrecer.
Cualquiera puede convertirse, en cualquier momento, en miembro de un club al que nadie quiere pertenecer: el de la discapacidad. Basta una enfermedad, un accidente, una mala práctica médica o ser víctima de un delito. Pero hay personas que nacieron ya dentro de ese club.
¿Su vida vale menos?
¿No tienen nada que decir, nada que enseñar?
¿No merecen nuestro amor y nosotros el suyo?
¿Seguimos en Esparta? A veces pareciera que sí.

Batalla dada, batalla ganada.

Hoy vamos por el Pase Libre Nacional para las personas en situación de discapacidad porque esta sigue siendo una república democrática donde las leyes deben cumplirse.
Pero esto no termina ahí.
El Pase Libre es un peldaño más en una lucha que otros dieron antes y que otros continuarán mañana.
La vida de las personas en situación de discapacidad vale.
Esta es la tierra del Protector de los Pueblos Libres y aquí los más infelices deben ser los más privilegiados.
Esta batalla la podemos ganar o perder en lo inmediato, pero en un sentido más profundo ya empezamos a ganarla: porque ya no hay silencio. Porque ya no se acepta que existan leyes hechas para no cumplirse.
Veo la alegría de quienes llaman desde todo el país; de quienes durante años fueron ignorados y hoy empiezan a sentirse parte de algo más grande.
En la historia hay momentos de definición. Este es uno.
De un lado están la igualdad, la dignidad y la comunidad humana. Del otro, la resignación, la hipocresía y la indiferencia.
Nosotros ya empezamos a abrir grietas en ese muro.
Y batalla a batalla, derecho a derecho, lo vamos a derribar para construir un Uruguay mucho mejor: un Uruguay donde entremos todos, en paz, igualdad y libertad.

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